martes, 22 de mayo de 2018

Oh Glycon, patrón de los profetas, los magos,
charlatanes y mendigos de poesía.
Dame tu gracia como un árbol da sus hojas al suelo,
o como los peces eyaculan en el mar.
Te pido tu bendición, una muda de tu piel me bastaría,
un cabello de tu melena musgosa y fértil.
Ten piedad de mí, pues no hay dios más digno que tú bajo el cosmos,
no hay oraciones más bellas que las de quienes rezamos sin fe,
quienes te nombramos sin celo y sin temor.
Oh Glycon, dueño de artistas, profanos y amantes de la piel.
Te pido la beatitud de tus adornos,
los rescoldos y los restos de pintura que dejaste danzando.
Te canto este ruego como quien besa el mar en su orilla,
o como quien contempla la luna desde el lupanar.
Yo que ahora soy charco junto al abrevadero,
llegaré a ser el azúcar con que edulcoran el ácido,
cambiaré este oro tan pobre por un latón dorado,
y con el reflejaré una hoguera más brillante que el sol.
Haré cantar a los grillos para ti, Glycon,
y con ellos recorreré las escombreras y desguaces,
para construirte un altar con sus tesoros.
Oh Glycon, escucha mis promesas, acaríciame con tus escamas,
y que bajo un toldo de la tormenta me resguarde,
si tengo de ti el talento y el genio, con que transmutar la realidad.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Contra el dominio de esto y aquello.

Corren cabezas de perro enloquecidas,
que hacen de ríos fronteras, de mares abismos,
cubriendo este reino glorioso y divino,
de polvo y hollín, de plata negra, de aguas rojas.

Esta gracia que es la vida otorgada, por aquel,
que brilla desde todas las estrellas, lunas diminutas,
nos ha sido robada en cada día, cada hora despierta,
y nos pasamos el tiempo, cubriéndonos de furia,
que no es nuestra, de gritos, que no nos corresponden.

-¿dónde está la voz que os di?- Resuena el altísimo,
un cielo vacío nos abraza, desheredados y ruinosos,
-¿dónde está la voz que os di?- lo escuchas ahora,
tan pequeña y dorada, no es nada frente al fusil.

Ahora el destino nos corresponde, ahora somos carne,
y es el cuerpo lo que hemos perdido, ahora somos carne,
nos crecen grandes los colmillos, hacia lo más alto apuntan,
abundan, ahora somos carne, cubierta de dientes, de espinas.

Ahora somos carne, ¿es eso lo que tenemos que decir?
llamad al destino y que nos devore, nutramos el vacío,
que muera ya nuestra historia y se pudra entre las flores,
amapola, colza y también lila, aunque ya no crezca por aquí.

Llamadlo ya, estamos esperando, de verdad que es así,
os lo juramos; traed las fauces, saltaremos adentro,
traedlas ya, no soportamos la vida, somos carne abierta,
jugosa, sangrienta, no brotan lágrimas sino de puro deseo.

Y si no, cuál sería el motivo de tanto silencio, ¿hay más?
decidme si no, si es que sí, si hay motivo, preguntadle a él,
pero si no responde ¿dirá algo ella? Cuando la partan en dos,
¿dirá algo él? Dirán a su vez que no querían, demasiado tarde.

lunes, 2 de abril de 2018

El miedo alcanza muchas formas, y una de las más siniestras es el mismo aprendizaje, la forma de la experiencia, que cristaliza es premoniciones y normas, resortes que se entrelazan con fuerza, que son el tejido duro y adusto con que revestimos cada cuerpo en el mundo.
Cuando nos acercamos ¿somos lo que aprendimos a ser? Nuestra verdad es la sagrada e infantil espontaneidad de nuestro ánimo que no puede aprenderse, no puede más que dejarse, en sí y para sí, no es un lugar abrigado, sino crudo y peligroso. Nuestra verdad, es lo que dejamos de ser en la medida que aprendemos, y que no logramos recuperar más que con un cuchillo, cuchillo que a veces confundimos con el evangelio removido de la deconstrucción, la emancipación y estudio de las formas que nos sometieron, como si del conocimiento brotara la espiga, y no fuera gris y estéril el más sagaz de los argumentos.
Es por ello que nuestra verdad es lo que hacemos cuando no nos damos cuenta, todo aquello para lo que no tenemos justificación, lo que hacemos sin pensar y lo que no forma parte, si cabe, de lo que podemos demostrar.

Nuestra verdad es de lo que huimos, de lo que nos pasamos toda la vida huyendo, aprendiendo y aprendiendo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

-Debes dejarlo inmediatamente Salviati. ¿Es que no has oído las noticias que llegan de Roma? Al final se retractó, lo negó todo y sus simpatizantes se han dispersado. ¿Qué pensabas que haría esa muchedumbre, esa que hizo espectáculos callejeros en honor a su obra, que cantaba y bailaba con pendones de planetas y de soles, y que tú tan seguro estabas que se alzarían finalmente contra la santa madre iglesia si atreviese en la injusticia de encadenarle? Pues no hicieron nada, Salviati. Tú los viste como yo, risueños y mordaces, atrevidos y quizás con la confianza capaz de negar que el cielo nos oprime como un vidrio templado... ¡Lo inimaginable! ¿Qué otro matemático hubiera jamás soñado que sus trabajos inspirasen los juegos del vulgo, que en sus teatros se describieran fórmulas y sistemas. y que se aprendiera, entre el barro y las aceras, sobre la inercia de los astros y el porqué de las mareas? Ante tanta gracia sonreímos juntos Salviati, bien lo sabes, pero se acabó, la gente no hizo nada y tú también deberías...
-¡Basta Sagredo! ya se lo que ha pasado y no hace falta que sigas torturándome...
-Pero yo no quiero torturarte buen amigo...
-¡Pues lo haces! Y sabes bien que tus palabras terribles no van a convencerme. ¿Qué esperas que haga; que me calle como hacéis todos, que viva con la cabeza gacha y llene mis pensamientos de plegarias y de rezos? ¡Sagredo! ¿Qué miedo infame es éste que ha convertido aquello que ayer nos reconfortaba en hoy nuestra mayor penuria? No pienso escucharte, ni a ti ni a todos aquellos que utilizan la física del divino Aristóteles para justificar sus castigos pero olvidan su ética y su saber sobre la vida en dignidad.
- Pero entonces, Saviati... ¿Qué piensas hacer?
- Me voy Sagredo, pero no estoy huyendo.
- No dejaré que te lleves sus obras contigo, todos los guardias te conocen, te registrarán si intentas irte, acabarás en el calabozo...
- No soy tan estúpido, se cómo hacerlo, y no soy yo quien vivirá en un calabozo, sino tú.
-¿Yo Salviati, en la mazmorra?
- Sí, tú, ¿Qué esperas hacer ahora, vivir como si nada, ocultar lo que vivimos, pasarte el resto de tus días demostrándole al santo oficio que no es a ti a quien deben vigilar, que ya lo haces tú mismo, que no es a ti a quien deben encerrar, que ya vives preso?
-Salviati... No te vayas, sin ti ya no tendría consuelo.
-Ven conmigo.
-No puedo.
-Ven, Sagredo, aquí hemos sido derrotados, pero tengo amigos en París y Estrasburgo, nos acogerían, podríamos seguir trabajando y estudiando, contemplando la belleza del cosmos, no tendríamos que vivir agachados...
-¡No puedo! Soy un hombre mayor y con hijos... Soy un cobarde Salviati. Pero tú debes irte.
-¿Ahora me echas?
- Debes irte ahora mismo, ellos esperan que te vayas, si lo intentas te atraparán, pero esperan que lo hagas de noche, a escondidas, te estarán vigilando, no ahora a la luz del día, debes irte ahora mismo, sin nada; ellos piensan que no tienes amigos, que llevarás todo lo que puedas contigo, pero yo me encargaré de todo. Rescataré las obras del maestro y te las haré llegar, ¡lo juro!
-Sagredo... Sabes del aprecio y del amor que te tengo, pero no puedo confiar en ti: se que intentas protegerme, pero por ello habré de llevarme las obras contigo, y por eso nunca habrás de saber dónde están, ni cómo haré para llevármelas.
-Salviati… Entonces será mejor que te vayas inmediatamente, sólo espero que me escribas cuando llegues a tu destino, que me hagas saber que estás vivo y que el trabajo del maestro, nuestro trabajo, florece más allá de aquí... Aunque ya no guardo esperanza.
-Adios... Sagredo, amigo mio.
-Adios Salviati, guarda tú lo que vivimos, por los dos. En mi ya sólo encuentro un desierto... Pero aún tendré paz si la razón encuentra un manantial de tinta en tus manos.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Cuántos poemas he perdido en la bruma callada del trabajo, aguantando las horas muertas, el ocio, después, como huida, mi mente blanca, dispuesta y ausente ante el esfuerzo. He vivido un tiempo, aprendiendo a sobrevivir, siendo uno más, como el rebaño, como solían decir las canciones que escuchaba, como nunca supe, bien adaptado allí donde no encajaba. Se hizo el miedo en mí, un agujero, justo en el centro de mi pecho, horadado por la ansiedad y la idea de no salir para adelante, de ser un fracasado, y acepté, como un logro, la más mediocre de las vidas, los más indignos de los días, trabajando para otros que en nada se ocupaban, se preocupaban ni interesaban por mí. He sacrificado mucho por muy poco, apenas por sobrevivir; mi tiempo y mis proyectos, mi propia inspiración, o incluso mi sonrisa, vendida por un salario pobre y una vida que se agota en sus días iguales.

Yo quizá no estoy hecho para sobrevivir en este mundo, pues adaptarme me hizo morir en él, y transformarme en otra cosa; en un ser muerto que sólo busca escapar cuando tiene tiempo y que ya ni siquiera es capaz de reconocer, en el espejo, más que la costumbre de revisar si hay legañas u otra cosa que limpiar de su carcasa.
Aun así, y pese a todo, aún puedo ver el mundo, acomodado en este dolor, y hablar a pesar del coágulo de hambre que se ha enquistado en mis pulmones; así comprendo los nervios, tanto de lo que no se puede hablar, una locura que se oculta a gritos en la mente, con pequeñas pasiones y al abrigo de la banalidad. Así viven, así vivimos: cada pequeño objetivo sirve para ocultar una vida sin sentido, un juego que se acepta por no haber más; no haber islas, como dicen, para naufragar.

Pero yo no quiero este destino, maldigo el dinero y su necesidad, maldigo todo lo que trago y todo lo que he tenido que tragar por, al menos, ser pobre, tener un poco que gastar, tener cierto margen con el que no tener miedo al frío de la noche, cierto margen, por el que no sea un problema tener que comer tantas veces al día, a la semana, tener que beber tanto, salir tanto, hacer tanto, para no sentirse un fracaso, un mendigo, para que no te alcance la soledad, dicen, por lograr aparentar que tan bien, como otros, supe adaptarme.

Si pudiera, sería un delincuente, o, a la vez, un justiciero que reclama la vida que le han robado; este mundo me debe cada hora que he pasado trabajando para otros, me debe cada esfuerzo que he hecho por hacer bien un trabajo que no me repercutía, que no me incumbía en nada, que ni era el mío ni era yo necesario para hacerlo, que sólo significa más dinero para otros. Este mundo me debe cada manifiesto, cada artículo, cada reflexión o cada poema que no he escrito, cada persona que no he conocido y cada experiencia que no he vivido por estar encerrado, pasando las horas al servicio de alguien que jamás conoceré. Pero también, me debo yo mismo esta reparación, por la vida misma que acepté, por dejarme engañar, por apaciguar mi furia y contenerla, por respetar, por la injusta bondad que he dado a lo intolerable, y por haberme adaptado, acostumbrado, aceptado, finalmente, la servidumbre.

miércoles, 23 de agosto de 2017

La sangre derramada se arrastra, buscándome,
Las escamas que aparté con un cuchillo,
el corte.
Sus tripas lloran furiosas, gritan ciegas y me acusan,
Por qué nos hiciste esto a los dos.

El cuerpo se retuerce y me habla,
pese al torrente con el que lavé su garganta,
y sus ojos vidriosos me miran, aun muertos,
supurando a la vez lubricante y dolor.

De todo mi odio, soló quedará un silencio,
y de mi boca se cerrarán todas las llagas,
coseré yo misma mi vientre arrancado,
y recorreré yo sola la cocina y el subsuelo,
para buscar lo que quede de mi entraña.

Más allá del filo, aún con el cuerpo cosido,
volveré a ser mía, salvaje y fértil,
mantendré mi humedad por las noches,
así como el brillo plateado en la mañana,
mantendré mis espinas, apuntalandome el corazón,
y volveré a saltar sobre los labios del océano,
allí donde ya no puedas seguirme,
allí donde se rompan tus redes,
y encuentre un refugio,
donde enterrarnos a los dos.

martes, 18 de abril de 2017

El palo se alza,
y nos agarramos a él como si pudiéramos devorar su porte erecto.

En el intento, lo aguijoneamos con prisa,
lanzamos nuestros nervios como una soga,
intentando llegar, tirar aún más alto, más intenso,
estriando el fuelle y quemando el aliento.

Pero aun así pesamos demasiado.

La carne que nos atrapa, amontonadas,
forma una colina sobre la que otros se asentaron,
marcaron sus lindes tirando cuerda desde el palo,
criando a sus hijos redondos y rosados,
alimentados del fruto de nuestro cuerpo arado.

Nosotras, envenenamos el fruto del manzano
y agrietamos la leche de sus madres,
dimos cobijo a las ratas y cebo para gusanos y cucarachas,
pero sin ser suficiente.

Aún paríamos flores cuando intentábamos alzarnos,
romper su asfalto y derribar sus casas seguía sin asustarlos,
aún tenían el palo bien clavado, aun nos dolía demasiado,
cuando nos removían las entrañas.

jueves, 13 de abril de 2017

Si te preguntan,
diles que me quedé embotando el filo de mi navaja,
pelando manzanas y grabando piedras,
que si no me encuentran es por no buscarme,
en las grietas de la ciudad o entre la luz de la mañana,
y diles que para el día en que me necesiten,
estaré entre los primeros, pero que no, que nunca más,
me pidan más de lo que mi bazo pueda aguantarlo,
ni más de lo que una madre haría por su hijo,
que no digan de mí, que no fui de los suyos,
si nunca he sido de nadie,
y que no esperen que pueda, fundir mi cuerpo,
ni sacrificar aquellas cosas que a sí se pertenecen,
pero no a mí.

lunes, 23 de enero de 2017

La vitalidad de las cosas se expresa por su manifestación artística, no hay vida humana, pues, que no habite en un mundo gris si rechaza su propia creatividad y el disfrute del hacer de otro. El alma humana necesita del arte como el niño del juego o como el caminante del graznido de los pájaros para disfrutar, vivir y fundirse con el mundo que habita.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Desde niño, siempre fui un hombre sensible, con esa característica trágica que suele definir a la sensibilidad masculina, a sus actitudes contradictorias, sus dolores secretos, silencios y sentimientos recelosos que se protegen como un tesoro privado. La emocionalidad en los hombres nos hace especialmente vulnerables, pues no participar de ese autismo cazurro, orgulloso y abotargado de sí mismo que suele caracterizar a la mayoría de hombres no le hace a uno, en realidad, tener mejores dotes comunicativas ni una mejor capacidad para hacerse entender que cualquier otro hombre. Uno sigue ocupando esa injusta “posición de poder” en la que nos pone el patriarcado; el hacer de uno, la palabra e incluso la forma de mirar sigue teniendo -por más que uno quiera librarse de ello- un carácter -digamos, estructuralmente- agresivo, opresivo, invasor y, en fin, difícil de manejar con ligereza. Un hombre es por lo general algo de lo que uno se tiene que defender -sea mujer o sea otro hombre-, al menos, a priori.

Siendo así, el cobijo, el consuelo, -diría que incluso “el abrazo”-, es algo generalmente ajeno a la masculinidad, algo que si tuvieran que ganarse los propios hombres y no fuera por el esfuerzo y la santa y dolorosa bondad que ponen las mujeres en el cuidado de los mismos, los hombres, probablemente, sencillamente se balancearían entre el suicidio o el descenso a la locura. Todo esto, se sufre siempre de un modo u otro -sea uno un hombre sensible o no-, quizás orgánico, inconsciente, mediante síntomas o actitudes violentas que sirvan como manifestación del dolor. Ser un hombre sensible -lo que eso significa- no implica una superación de los terribles efectos que emanan de una posición masculina, implica quizás una situación aún más difícil, pues ese “humano corazón” que nombramos en aquello que llamamos “la sensibilidad” no se da en un hombre como una liberación de sus emociones oprimidas, ese “corazón humano” se da como algo atrapado dentro de la propia masculinidad. En cierto modo, es como una especie de cárcel consciente de la que uno no puede más que tener cierta esperanza en encontrar ciertas grietas o momentos de paz, amor o piedad con los otros.

Creo que esta suma de factores nos hace a los hombres con cierto grado de sensibilidad -y sino, pues sencillamente a mí- personas especialmente vulnerables. Temerosas del peso que sus propias emociones pueden ejercer sobre los demás, temerosas del daño que puedan hacer ante la posibilidad de que el sufrimiento quede descontrolado, y solitarias, con un sentimiento de especial soledad, ante la tremenda dificultad de encontrar compañeros o apoyos reales y profundos en estas circunstancias. Y como lo anterior, esto último también es un efecto del mismo patriarcado. Un hombre sensible es algo así como un “huérfano político”, pues las mujeres, aunque cuenten con la humanidad necesaria como para construir vínculos de apoyo reales y profundos, pertenecen a otra “clase social”, ellas siguen siendo mujeres y uno un hombre, con lo que uno puede llegar a ser “aliado” de las mismas y éstas quizás “aliadas” de uno, pero siempre desde una exterioridad férrea e irrompible. Por otro lado, están los hombres, pero incluso entre los “hombres con consciencia” o entre los “hombres feministas” la sensibilidad sigue siendo una especial anomalía, muchas veces incluso difícil de detectar y comprender entre unos hombres y otros, siguen siendo sujetos atomizados y ausentes, -al menos “entre nosotros”- con lo que la fraternidad masculina al final queda como un mero concepto formal, una especie de marco que quizás comprendan algunos estudiantes de filosofía, pero nada que ver con esa “sororidad” instintiva, visceral, carnosa y ferviente con la que pueden llegar a contar las mujeres.

Esta emocionalidad viva pero temerosa de sí misma, esta falta de un “lugar político” que nos apare y que nos deja especialmente solos, nos hace a los hombres sensibles especialmente vulnerables -dando por supuestas además todas las exigencias propias de los valores de la masculinidad que se exigen de nosotros como son la fortaleza o la independencia-, y fomenta, ¿Por qué negarlo? Que nos traten sin cuidado y mal, como si nada –porque a los hombres se les puede tratar de cualquier manera y ni se enteran- por nuestra mera apariencia de dureza e integridad, porque hemos aprendido a sufrir en un silencio para el que ni siquiera existen lágrimas, y porque es difícil distinguir el lamento de un niño inocente de los artificios de un autista criminal cuando de un hombre se trata.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Tengo un alacrán en el corazón que ante tanta luz no sabe donde meterse, huye y se golpea entre las paredes de mi pecho, busca su agujero y no lo encuentra, muerde, pica y se retuerce atrapado en un lugar que ya no más le pertenece.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Mi fe, no brota del suelo,
aunque entre su roce me cobijo,
más bien, es un destierro,
de cuantas cosas me tallaron,
un canto de olas, un rugido,
luz de vino, roja y agreste,
un palmo de arena, de garbanzos,
el agua de una roca embotellada,
una vela prendida en los escombros,
una diadema de flores silvestres,
y la duda, de volverla a ver.

Mi fe, no da cuenta del cielo,
aunque a su altura me dirijo,
cabe en un puñal lo mismo que una encina,
pero no se disuelve si lo empuña,
cabe en una encina lo mismo que un puñal,
y cabe en mi, más de lo que creo.

Mi fe, no tiene paredes pero si una alcoba,
un residuo de sueño, de ceniza, de incienso,
de humo blanco, nevado de palabras, de ritos,
sin eco le rezo, sin agua me consagro,
me contento, me contengo y me separo,
como semilla azotada, por lluvia y por viento.

Mi fe, tejida, de tantos besos, en un solo verso,
me viene lejana, me agarra adentro,
late como yo,
y vive a su vez, al amparo de mi acción.

domingo, 16 de octubre de 2016

Por un momento de calma,
cuantas cosas quemaría,
Oh Zeus, tú que no mides,
que no te dignas en preguntar,
¿Acaso mis sacrificios no bastan?
O quizás fuiste al fin vencido,
por el más caprichoso y vil,
de los dioses, y mis rezos caen,
sobre un retablo vacío.

Oh Azar, tú que juegas y ríes,
¿cómo puedo adorarte?
si tus regalos y voluntad,
me confunden y perturban,
y no soy más que un mortal,
deseando acoger tu sino,
como una paloma,
ahogada en un granero,
o como un flamenco,
perdido en un cenagal.

lunes, 10 de octubre de 2016

El nervio de la mañana torna en angustia a la noche,
la angustia en la noche torna en cansancio a la mañana,
el cansancio en la mañana torna en pesar a la noche,
el pesar en la noche torna en desasosiego a la mañana,
el desasosiego en la mañana torna en insomnio a la noche,
y el insomnio a la noche torna en nervio a la mañana.

domingo, 9 de octubre de 2016

Una vez la luz callada,
nos volveremos, dice, realistas,
mediocres y astutos,
dice, sin perdón,
quien deja su mano abandonada,
por su cerrazón materialista.

La fe que ha perdido,
no ofrece ningún consuelo,
y quiere hacernos huir,
visitar su casa y acogernos
estremecidos,
para justificar su miedo.

Pero de tantas palabras pendientes
que aún quedan disueltas y aquejadas,
es difícil deducir un final,
no así, decimos,
pues aun darían su abrazo, si llega,
para cualquiera de nosotros,
para cualquiera,
que las quiera retomar.

viernes, 7 de octubre de 2016

Cualquiera podría cargar con el peso del cielo; no era la férrea voluntad o el esfuerzo lo que honraba al titán, sino la característica sublime de sus huesos, que no se quebraban, de sus tendones, que no se hinchaban, y de su corazón, que no colapsaba.
Podríamos decir, que no es voluntad lo que nos falta, pero que a menudo nuestras intenciones superan las limitaciones fatales del cuerpo. Podríamos decir, a la vez, que sin embargo no por ello con poco nos es suficiente, y que ciertas derrotas, en cada día, no muestran más que una cobardía moral.
Pero habríamos de tener, por seguro, que nada se puede en soledad, que más sufrimiento que pasión se bebe del orgullo, y que el tiempo es la primera condición; pues aún con nuestras vísceras y nuestro sudor, nuestro ánimo más se parece a un árbol, que a un león.

domingo, 24 de julio de 2016

Ojalá fuera capaz de agarrar el cielo,
como quien le saca los ojos a una serpiente,
para barrer con su brillo el rastro que dejaste sobre mi cuerpo.
Tú, que devorabas un sol en cada desayuno,
que podrias haber roto de un codazo la ciudad,
que sólo las raíces de los arboles más ancianos podían sostenerte.

Cómo podía yo haber sido más que el suelo en que dejases tu huella,
la hierba en que al recostarte conservaba tu figura,
o la rama rota y la piedra levantada que marcaba el sendero de tus pasos.

Sé que viviré,
como permanece el amor de un hijo o el dolor de un parto,
cómo quien dibuja con ceniza sobre el mármol,
o quién siembra de estacas el contorno de un lodazal.

Pero cuando al fin lo consiga,
y con un garfio arranque el azul del firmamento,
no vengas después a traer la noche,
ni me invites otra vez a pulir la luna de hueso,
ya no seré más un niño, aunque sea pequeño,
y aunque tiemble, si vuelvo a escuchar tu voz.

domingo, 17 de julio de 2016

Soy todo lo que necesito,
pero nada en mi me es suficiente,
lo peor de mi es todo lo que aún me define,
y lo mejor es todo lo que me han dado,
de todas las cosas que he amado,
ninguna me pertenece,
y si algo bueno di,
es porque antes me lo habían prestado.

lunes, 9 de mayo de 2016

Podrías darme más de lo que soy,
más de lo que merezco y de lo que nunca te he dado,
podrías por mí, abrir un surco en el cielo,
así como hicimos zanjas al andar, en el barro,
y en la roca por igual.

Podrías levantarme de mi sueño y mi anhelo,
pausar el nervio de mi corazón y disipar mis miedos,
darías lo que fuera, si no lo hubieras dado todo ya,
por romper con una flecha mi fondo impenetrable.

Si de cuanto hemos sido quedase una sola gota,
que no se hubiera disuelto en la arena,
si de cuanto sufrimos aún se pudiera recordar,
la caricia en la lluvia, la sal en las botas o el rugido del mar.

Pero seguimos adelante, sin saber cómo, sin haber aprendido,
pequeños ante un mundo que ha crecido más allá de nosotros,
y que no podemos abarcar, que respira y tiembla por su cuenta,
del que ya no sabemos de dónde ni cómo, o qué podemos esperar.

Dirás que hemos medrado, cómo quien aprende a besar el suelo,
para envejecer juntos, sin que hubiera un palmo de cobijo,
ni en nuestras huesudas manos, ni en las arrugas que acumulamos,
ni en el peso, ruinoso y adusto, de nuestra torpe esperanza.

domingo, 17 de abril de 2016

A los hombres,

¿Quién pudiera sobrevivir a su propia angustia?
Si desconocemos lo más mundano,
si todo lo que hacemos es tributo al dios distante,
muerto, de nuestra propia individualidad,
nuestro orgullo y nuestra propia ley más fuerte,
a más sola e imperturbable.

Vagando por la tierra de Nod,
fuimos malditos un día, pero no sabemos cuándo,
a comer tan sólo cenizas,
pues el campo se disolvería y quemaría a nuestro paso,
a beber tan sólo sangre,
pues sólo el odio y el rencor, el narcótico desdén,
azuzaría nuestro cuerpo hacia delante.

Nuestros nervios cansados y embotados,
en eterna pesadilla vigilante,
no permitirían separarnos un instante,
de éste fondo abyecto y desolado,
en que se ha convertido nuestra propia pasión,
que quiebra la piel y defrauda los sentidos,
en la ruidosa comunión de ansiedad y espanto,
que llamamos estado y llamamos ciudad.

El flujo rampante de nuestro tábido esperma,
nos hizo hombres, pero menos que Adán,
menos aún que su hijo maldito, menos aún,
que los demonios que éste engendrase después;
y tan sólo para recordarnos,
que hay en un nosotros un cuerpo,
desconocido y distante, pero un cuerpo,
y que mientras lo tengamos,
aún azotados por el peso insolente de un tiempo que se acelera,
que nos seduce y nos traiciona en el mismo instante,
ante el mismo miedo y las mismas ganas, devorados,
y hambrientos a su vez, mientras lo tengamos,
tendremos algo que dar, y algo con lo que recuperar el mundo.