lunes, 29 de abril de 2024

El Silbido


Un muro se levanta treinta pies sobre los muertos. Yazco entre ellos pero aun respiro,n o sé cómo, entre polvo, mallazo oxidado y hormigón. Oigo voces que se cuelan entre las grietas, algunas que gritaban ya están en silencio, otras lloran, unas pocas clamans u nombre; quizás alguien les oiga ahí fuera y pueda escribirlos en una lápida improvisada, quizás es todo lo que podamos esperar.

Ha pasado un día o eso creo, las voces y los llantos cercanos han ido cesando, pero en la lejanía se escuchan muchos más. ¿Son las voces de mis ancestros que mel laman? Si el cielo es un lugar de paz y gloria, ¿por qué suenan las voces de los ángeles tan rotas y desesperadas? Debo de estar ya muy cerca, ya apenas siento dolor; no sabría decir qué partes de mi cuerpo aún me corresponden. Con mi mano izquierda dibujé un corazón en la oscuridad, un último mensaje para este mundo.

Siento espasmos que a veces atraviesan mi cuello y mis hombros, pero nada más. Recuerdo qué me trajo aquí, dónde ya apenas estoy presente: mi uniforme azul, mi pasión declarada contra la realidad existente, el día que abandoné la teoría y decidí que debía pasar a la acción. Recuerdo el viaje en barco por el Mediterráneo, el día que llegamos a su costa oriental, el primer día en la escuela que tanto nos había costado construir y que se ha convertido a la vez en nuestro mausoleo de cuerpos e ilusiones.

Pero hay algo más, ¿una luz que se cuela? Está alfombrada de polvo y sangre, engalanada de fosforo y metal, abarrotada de despojos. Es una balsa infantil por el Jordán. Puedo verla en un cúmulo de estruendos, seguida de una montaña de humo negro que rezuma un odio cebado y salvaje contra un sol que ha conseguido sepultar.

Puedo ver como se funden las cadenas de la aurora, como forman un mar de acero en que hunden la ciudad. Y la luna al fondo, con su rostro chico, sin relente ni gracia.

Un golpe me despierta de mi sueño, otro más. Mi cuerpo se mueve y se desplaza en derrumbe de arena y piedra gris, alguien ha abierto un sendero y un pico golpea mi prisión impune. “Idos de aquí”, pienso, ¿Pero a dónde van a ir? Al final todos morimos pero solo algunos conservan su humanidad, su dignidad. Por eso persisten en esta hora final, intentando rescatar a los que quedan, a los que puedan.

Han sacado a alguien y un salvador se aleja: -Niña, cuál es tu nombre, ¡Niña, respóndeme!- Es un eco distante mientras el resto me siguen buscando sin saber que estoy aquí. Ya casi puedo sentirme de nuevo, ya no es tanta la presión sobre mis miembros y el dolor es insoportable pero un relámpago recorre mis venas, quiero volver a ver la luz del sol, quiero... Quiero tantas cosas.

 Pero los golpes se han parado; resuena otra vez el rugido del avión, y el silbido.

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