martes, 18 de abril de 2017

El palo se alza,
y nos agarramos a él como si pudiéramos devorar su porte erecto.

En el intento, lo aguijoneamos con prisa,
lanzamos nuestros nervios como una soga,
intentando llegar, tirar aún más alto, más intenso,
estriando el fuelle y quemando el aliento.

Pero aun así pesamos demasiado.

La carne que nos atrapa, amontonadas,
forma una colina sobre la que otros se asentaron,
marcaron sus lindes tirando cuerda desde el palo,
criando a sus hijos redondos y rosados,
alimentados del fruto de nuestro cuerpo arado.

Nosotras, envenenamos el fruto del manzano
y agrietamos la leche de sus madres,
dimos cobijo a las ratas y cebo para gusanos y cucarachas,
pero sin ser suficiente.

Aún paríamos flores cuando intentábamos alzarnos,
romper su asfalto y derribar sus casas seguía sin asustarlos,
aún tenían el palo bien clavado, aun nos dolía demasiado,
cuando nos removían las entrañas.

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