miércoles, 13 de diciembre de 2017

-Debes dejarlo inmediatamente Salviati. ¿Es que no has oído las noticias que llegan de Roma? Al final se retractó, lo negó todo y sus simpatizantes se han dispersado. ¿Qué pensabas que haría esa muchedumbre, esa que hizo espectáculos callejeros en honor a su obra, que cantaba y bailaba con pendones de planetas y de soles, y que tú tan seguro estabas que se alzarían finalmente contra la santa madre iglesia si atreviese en la injusticia de encadenarle? Pues no hicieron nada, Salviati. Tú los viste como yo, risueños y mordaces, atrevidos y quizás con la confianza capaz de negar que el cielo nos oprime como un vidrio templado... ¡Lo inimaginable! ¿Qué otro matemático hubiera jamás soñado que sus trabajos inspirasen los juegos del vulgo, que en sus teatros se describieran fórmulas y sistemas. y que se aprendiera, entre el barro y las aceras, sobre la inercia de los astros y el porqué de las mareas? Ante tanta gracia sonreímos juntos Salviati, bien lo sabes, pero se acabó, la gente no hizo nada y tú también deberías...
-¡Basta Sagredo! ya se lo que ha pasado y no hace falta que sigas torturándome...
-Pero yo no quiero torturarte buen amigo...
-¡Pues lo haces! Y sabes bien que tus palabras terribles no van a convencerme. ¿Qué esperas que haga; que me calle como hacéis todos, que viva con la cabeza gacha y llene mis pensamientos de plegarias y de rezos? ¡Sagredo! ¿Qué miedo infame es éste que ha convertido aquello que ayer nos reconfortaba en hoy nuestra mayor penuria? No pienso escucharte, ni a ti ni a todos aquellos que utilizan la física del divino Aristóteles para justificar sus castigos pero olvidan su ética y su saber sobre la vida en dignidad.
- Pero entonces, Saviati... ¿Qué piensas hacer?
- Me voy Sagredo, pero no estoy huyendo.
- No dejaré que te lleves sus obras contigo, todos los guardias te conocen, te registrarán si intentas irte, acabarás en el calabozo...
- No soy tan estúpido, se cómo hacerlo, y no soy yo quien vivirá en un calabozo, sino tú.
-¿Yo Salviati, en la mazmorra?
- Sí, tú, ¿Qué esperas hacer ahora, vivir como si nada, ocultar lo que vivimos, pasarte el resto de tus días demostrándole al santo oficio que no es a ti a quien deben vigilar, que ya lo haces tú mismo, que no es a ti a quien deben encerrar, que ya vives preso?
-Salviati... No te vayas, sin ti ya no tendría consuelo.
-Ven conmigo.
-No puedo.
-Ven, Sagredo, aquí hemos sido derrotados, pero tengo amigos en París y Estrasburgo, nos acogerían, podríamos seguir trabajando y estudiando, contemplando la belleza del cosmos, no tendríamos que vivir agachados...
-¡No puedo! Soy un hombre mayor y con hijos... Soy un cobarde Salviati. Pero tú debes irte.
-¿Ahora me echas?
- Debes irte ahora mismo, ellos esperan que te vayas, si lo intentas te atraparán, pero esperan que lo hagas de noche, a escondidas, te estarán vigilando, no ahora a la luz del día, debes irte ahora mismo, sin nada; ellos piensan que no tienes amigos, que llevarás todo lo que puedas contigo, pero yo me encargaré de todo. Rescataré las obras del maestro y te las haré llegar, ¡lo juro!
-Sagredo... Sabes del aprecio y del amor que te tengo, pero no puedo confiar en ti: se que intentas protegerme, pero por ello habré de llevarme las obras contigo, y por eso nunca habrás de saber dónde están, ni cómo haré para llevármelas.
-Salviati… Entonces será mejor que te vayas inmediatamente, sólo espero que me escribas cuando llegues a tu destino, que me hagas saber que estás vivo y que el trabajo del maestro, nuestro trabajo, florece más allá de aquí... Aunque ya no guardo esperanza.
-Adios... Sagredo, amigo mio.
-Adios Salviati, guarda tú lo que vivimos, por los dos. En mi ya sólo encuentro un desierto... Pero aún tendré paz si la razón encuentra un manantial de tinta en tus manos.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Cuántos poemas he perdido en la bruma callada del trabajo, aguantando las horas muertas, el ocio, después, como huida, mi mente blanca, dispuesta y ausente ante el esfuerzo. He vivido un tiempo, aprendiendo a sobrevivir, siendo uno más, como el rebaño, como solían decir las canciones que escuchaba, como nunca supe, bien adaptado allí donde no encajaba. Se hizo el miedo en mí, un agujero, justo en el centro de mi pecho, horadado por la ansiedad y la idea de no salir para adelante, de ser un fracasado, y acepté, como un logro, la más mediocre de las vidas, los más indignos de los días, trabajando para otros que en nada se ocupaban, se preocupaban ni interesaban por mí. He sacrificado mucho por muy poco, apenas por sobrevivir; mi tiempo y mis proyectos, mi propia inspiración, o incluso mi sonrisa, vendida por un salario pobre y una vida que se agota en sus días iguales.

Yo quizá no estoy hecho para sobrevivir en este mundo, pues adaptarme me hizo morir en él, y transformarme en otra cosa; en un ser muerto que sólo busca escapar cuando tiene tiempo y que ya ni siquiera es capaz de reconocer, en el espejo, más que la costumbre de revisar si hay legañas u otra cosa que limpiar de su carcasa.
Aun así, y pese a todo, aún puedo ver el mundo, acomodado en este dolor, y hablar a pesar del coágulo de hambre que se ha enquistado en mis pulmones; así comprendo los nervios, tanto de lo que no se puede hablar, una locura que se oculta a gritos en la mente, con pequeñas pasiones y al abrigo de la banalidad. Así viven, así vivimos: cada pequeño objetivo sirve para ocultar una vida sin sentido, un juego que se acepta por no haber más; no haber islas, como dicen, para naufragar.

Pero yo no quiero este destino, maldigo el dinero y su necesidad, maldigo todo lo que trago y todo lo que he tenido que tragar por, al menos, ser pobre, tener un poco que gastar, tener cierto margen con el que no tener miedo al frío de la noche, cierto margen, por el que no sea un problema tener que comer tantas veces al día, a la semana, tener que beber tanto, salir tanto, hacer tanto, para no sentirse un fracaso, un mendigo, para que no te alcance la soledad, dicen, por lograr aparentar que tan bien, como otros, supe adaptarme.

Si pudiera, sería un delincuente, o, a la vez, un justiciero que reclama la vida que le han robado; este mundo me debe cada hora que he pasado trabajando para otros, me debe cada esfuerzo que he hecho por hacer bien un trabajo que no me repercutía, que no me incumbía en nada, que ni era el mío ni era yo necesario para hacerlo, que sólo significa más dinero para otros. Este mundo me debe cada manifiesto, cada artículo, cada reflexión o cada poema que no he escrito, cada persona que no he conocido y cada experiencia que no he vivido por estar encerrado, pasando las horas al servicio de alguien que jamás conoceré. Pero también, me debo yo mismo esta reparación, por la vida misma que acepté, por dejarme engañar, por apaciguar mi furia y contenerla, por respetar, por la injusta bondad que he dado a lo intolerable, y por haberme adaptado, acostumbrado, aceptado, finalmente, la servidumbre.

miércoles, 23 de agosto de 2017

La sangre derramada se arrastra, buscándome,
Las escamas que aparté con un cuchillo,
el corte.
Sus tripas lloran furiosas, gritan ciegas y me acusan,
Por qué nos hiciste esto a los dos.

El cuerpo se retuerce y me habla,
pese al torrente con el que lavé su garganta,
y sus ojos vidriosos me miran, aun muertos,
supurando a la vez lubricante y dolor.

De todo mi odio, soló quedará un silencio,
y de mi boca se cerrarán todas las llagas,
coseré yo misma mi vientre arrancado,
y recorreré yo sola la cocina y el subsuelo,
para buscar lo que quede de mi entraña.

Más allá del filo, aún con el cuerpo cosido,
volveré a ser mía, salvaje y fértil,
mantendré mi humedad por las noches,
así como el brillo plateado en la mañana,
mantendré mis espinas, apuntalandome el corazón,
y volveré a saltar sobre los labios del océano,
allí donde ya no puedas seguirme,
allí donde se rompan tus redes,
y encuentre un refugio,
donde enterrarnos a los dos.

martes, 18 de abril de 2017

El palo se alza,
y nos agarramos a él como si pudiéramos devorar su porte erecto.

En el intento, lo aguijoneamos con prisa,
lanzamos nuestros nervios como una soga,
intentando llegar, tirar aún más alto, más intenso,
estriando el fuelle y quemando el aliento.

Pero aun así pesamos demasiado.

La carne que nos atrapa, amontonadas,
forma una colina sobre la que otros se asentaron,
marcaron sus lindes tirando cuerda desde el palo,
criando a sus hijos redondos y rosados,
alimentados del fruto de nuestro cuerpo arado.

Nosotras, envenenamos el fruto del manzano
y agrietamos la leche de sus madres,
dimos cobijo a las ratas y cebo para gusanos y cucarachas,
pero sin ser suficiente.

Aún paríamos flores cuando intentábamos alzarnos,
romper su asfalto y derribar sus casas seguía sin asustarlos,
aún tenían el palo bien clavado, aun nos dolía demasiado,
cuando nos removían las entrañas.

jueves, 13 de abril de 2017

Si te preguntan,
diles que me quedé embotando el filo de mi navaja,
pelando manzanas y grabando piedras,
que si no me encuentran es por no buscarme,
en las grietas de la ciudad o entre la luz de la mañana,
y diles que para el día en que me necesiten,
estaré entre los primeros, pero que no, que nunca más,
me pidan más de lo que mi bazo pueda aguantarlo,
ni más de lo que una madre haría por su hijo,
que no digan de mí, que no fui de los suyos,
si nunca he sido de nadie,
y que no esperen que pueda, fundir mi cuerpo,
ni sacrificar aquellas cosas que a sí se pertenecen,
pero no a mí.

lunes, 23 de enero de 2017

La vitalidad de las cosas se expresa por su manifestación artística, no hay vida humana, pues, que no habite en un mundo gris si rechaza su propia creatividad y el disfrute del hacer de otro. El alma humana necesita del arte como el niño del juego o como el caminante del graznido de los pájaros para disfrutar, vivir y fundirse con el mundo que habita.