sábado, 10 de diciembre de 2016

Desde niño, siempre fui un hombre sensible, con esa característica trágica que suele definir a la sensibilidad masculina, a sus actitudes contradictorias, sus dolores secretos, silencios y sentimientos recelosos que se protegen como un tesoro privado. La emocionalidad en los hombres nos hace especialmente vulnerables, pues no participar de ese autismo cazurro, orgulloso y abotargado de sí mismo que suele caracterizar a la mayoría de hombres no le hace a uno, en realidad, tener mejores dotes comunicativas ni una mejor capacidad para hacerse entender que cualquier otro hombre. Uno sigue ocupando esa injusta “posición de poder” en la que nos pone el patriarcado; el hacer de uno, la palabra e incluso la forma de mirar sigue teniendo -por más que uno quiera librarse de ello- un carácter -digamos, estructuralmente- agresivo, opresivo, invasor y, en fin, difícil de manejar con ligereza. Un hombre es por lo general algo de lo que uno se tiene que defender -sea mujer o sea otro hombre-, al menos, a priori.

Siendo así, el cobijo, el consuelo, -diría que incluso “el abrazo”-, es algo generalmente ajeno a la masculinidad, algo que si tuvieran que ganarse los propios hombres y no fuera por el esfuerzo y la santa y dolorosa bondad que ponen las mujeres en el cuidado de los mismos, los hombres, probablemente, sencillamente se balancearían entre el suicidio o el descenso a la locura. Todo esto, se sufre siempre de un modo u otro -sea uno un hombre sensible o no-, quizás orgánico, inconsciente, mediante síntomas o actitudes violentas que sirvan como manifestación del dolor. Ser un hombre sensible -lo que eso significa- no implica una superación de los terribles efectos que emanan de una posición masculina, implica quizás una situación aún más difícil, pues ese “humano corazón” que nombramos en aquello que llamamos “la sensibilidad” no se da en un hombre como una liberación de sus emociones oprimidas, ese “corazón humano” se da como algo atrapado dentro de la propia masculinidad. En cierto modo, es como una especie de cárcel consciente de la que uno no puede más que tener cierta esperanza en encontrar ciertas grietas o momentos de paz, amor o piedad con los otros.

Creo que esta suma de factores nos hace a los hombres con cierto grado de sensibilidad -y sino, pues sencillamente a mí- personas especialmente vulnerables. Temerosas del peso que sus propias emociones pueden ejercer sobre los demás, temerosas del daño que puedan hacer ante la posibilidad de que el sufrimiento quede descontrolado, y solitarias, con un sentimiento de especial soledad, ante la tremenda dificultad de encontrar compañeros o apoyos reales y profundos en estas circunstancias. Y como lo anterior, esto último también es un efecto del mismo patriarcado. Un hombre sensible es algo así como un “huérfano político”, pues las mujeres, aunque cuenten con la humanidad necesaria como para construir vínculos de apoyo reales y profundos, pertenecen a otra “clase social”, ellas siguen siendo mujeres y uno un hombre, con lo que uno puede llegar a ser “aliado” de las mismas y éstas quizás “aliadas” de uno, pero siempre desde una exterioridad férrea e irrompible. Por otro lado, están los hombres, pero incluso entre los “hombres con consciencia” o entre los “hombres feministas” la sensibilidad sigue siendo una especial anomalía, muchas veces incluso difícil de detectar y comprender entre unos hombres y otros, siguen siendo sujetos atomizados y ausentes, -al menos “entre nosotros”- con lo que la fraternidad masculina al final queda como un mero concepto formal, una especie de marco que quizás comprendan algunos estudiantes de filosofía, pero nada que ver con esa “sororidad” instintiva, visceral, carnosa y ferviente con la que pueden llegar a contar las mujeres.

Esta emocionalidad viva pero temerosa de sí misma, esta falta de un “lugar político” que nos apare y que nos deja especialmente solos, nos hace a los hombres sensibles especialmente vulnerables -dando por supuestas además todas las exigencias propias de los valores de la masculinidad que se exigen de nosotros como son la fortaleza o la independencia-, y fomenta, ¿Por qué negarlo? Que nos traten sin cuidado y mal, como si nada –porque a los hombres se les puede tratar de cualquier manera y ni se enteran- por nuestra mera apariencia de dureza e integridad, porque hemos aprendido a sufrir en un silencio para el que ni siquiera existen lágrimas, y porque es difícil distinguir el lamento de un niño inocente de los artificios de un autista criminal cuando de un hombre se trata.

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