jueves, 3 de noviembre de 2016

Mi fe, no brota del suelo,
aunque entre su roce me cobijo,
más bien, es un destierro,
de cuantas cosas me tallaron,
un canto de olas, un rugido,
luz de vino, roja y agreste,
un palmo de arena, de garbanzos,
el agua de una roca embotellada,
una vela prendida en los escombros,
una diadema de flores silvestres,
y la duda, de volverla a ver.

Mi fe, no da cuenta del cielo,
aunque a su altura me dirijo,
cabe en un puñal lo mismo que una encina,
pero no se disuelve si lo empuña,
cabe en una encina lo mismo que un puñal,
y cabe en mi, más de lo que creo.

Mi fe, no tiene paredes pero si una alcoba,
un residuo de sueño, de ceniza, de incienso,
de humo blanco, nevado de palabras, de ritos,
sin eco le rezo, sin agua me consagro,
me contento, me contengo y me separo,
como semilla azotada, por lluvia y por viento.

Mi fe, tejida, de tantos besos, en un solo verso,
me viene lejana, me agarra adentro,
late como yo,
y vive a su vez, al amparo de mi acción.