domingo, 24 de julio de 2016

Ojalá fuera capaz de agarrar el cielo,
como quien le saca los ojos a una serpiente,
para barrer con su brillo el rastro que dejaste sobre mi cuerpo.
Tú, que devorabas un sol en cada desayuno,
que podrias haber roto de un codazo la ciudad,
que sólo las raíces de los arboles más ancianos podían sostenerte.

Cómo podía yo haber sido más que el suelo en que dejases tu huella,
la hierba en que al recostarte conservaba tu figura,
o la rama rota y la piedra levantada que marcaba el sendero de tus pasos.

Sé que viviré,
como permanece el amor de un hijo o el dolor de un parto,
cómo quien dibuja con ceniza sobre el mármol,
o quién siembra de estacas el contorno de un lodazal.

Pero cuando al fin lo consiga,
y con un garfio arranque el azul del firmamento,
no vengas después a traer la noche,
ni me invites otra vez a pulir la luna de hueso,
ya no seré más un niño, aunque sea pequeño,
y aunque tiemble, si vuelvo a escuchar tu voz.

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