domingo, 17 de abril de 2016

A los hombres,

¿Quién pudiera sobrevivir a su propia angustia?
Si desconocemos lo más mundano,
si todo lo que hacemos es tributo al dios distante,
muerto, de nuestra propia individualidad,
nuestro orgullo y nuestra propia ley más fuerte,
a más sola e imperturbable.

Vagando por la tierra de Nod,
fuimos malditos un día, pero no sabemos cuándo,
a comer tan sólo cenizas,
pues el campo se disolvería y quemaría a nuestro paso,
a beber tan sólo sangre,
pues sólo el odio y el rencor, el narcótico desdén,
azuzaría nuestro cuerpo hacia delante.

Nuestros nervios cansados y embotados,
en eterna pesadilla vigilante,
no permitirían separarnos un instante,
de éste fondo abyecto y desolado,
en que se ha convertido nuestra propia pasión,
que quiebra la piel y defrauda los sentidos,
en la ruidosa comunión de ansiedad y espanto,
que llamamos estado y llamamos ciudad.

El flujo rampante de nuestro tábido esperma,
nos hizo hombres, pero menos que Adán,
menos aún que su hijo maldito, menos aún,
que los demonios que éste engendrase después;
y tan sólo para recordarnos,
que hay en un nosotros un cuerpo,
desconocido y distante, pero un cuerpo,
y que mientras lo tengamos,
aún azotados por el peso insolente de un tiempo que se acelera,
que nos seduce y nos traiciona en el mismo instante,
ante el mismo miedo y las mismas ganas, devorados,
y hambrientos a su vez, mientras lo tengamos,
tendremos algo que dar, y algo con lo que recuperar el mundo.

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