domingo, 13 de marzo de 2016

Los he visto,
quienes vivieron la fe,
quienes se invadieron de ella
delirando, embriagados, ciegos.

He visto como la locura les poseía,
abandonando su razón, sus criterios,
como se trasformaban en instrumentos
de sus propias ficciones colectivas.

Los he visto orar, llorar devotos,
componer hermosas canciones,
armoniosos y enérgicos bailes, he visto
y por un momento también hubiera creído.

Si hubiera bastado el poder de una sola noche,
si el tiempo no pusiera tantas exigencias inmediatas,
si no fuera que vivimos ansiosos y aterrorizados,
ajenos a la belleza y provecho del presente.

Pero finalmente, los he visto caer uno a uno,
hesitantes del valor de sus propias pasiones,
confusos y seducidos por el marco de la cordura,
hasta creer que egresarían así de sus dudas.

Como quien roba la vida a quien se ama,
como quién sacrifica a su hermano para salvarse,
como quien prefirió la traición a la tortura,
como quien dolorosamente vio morir su esperanza.

Y he visto también la vergüenza,
el arrepentimiento de su amor, sus sueños,
la aceptación de la verdad como una derrota,
como la luz de un sol pálido y muerto.

He visto como no han hecho más que vagar,
desde entonces, perdidos, sin ningún propósito ni lugar,
en la historia, en un tiempo sin memoria ni proyección,
hasta quedar rendidos y podridos en la indiferencia.

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