jueves, 5 de noviembre de 2015

Amar es morir, desaparecer, abandonar la propia identidad, pero para poder hacerlo es necesario confiar en el otro y es esta dificultad, la perdida de la confianza, lo que nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos. El orgullo, en fin, forma parte de éste sistema de defensa, así como la vanidad o el egocentrismo; es la pretensión de intentar llenarse uno mismo de sí, pero eso no deja de ser siempre poco más que un placebo: Levantamos pirámides y alzamos templos en honor a nosotros mismos buscando siempre colmar este vacío en una huida desesperada hacia delante, pero que nunca es suficiente. Quién ama no necesita nada más que al ser amado. Pero, ¿queremos amar realmente? A la vez sentimos que hay un mundo por vivir que estamos perdiéndonos, la cuestión es ¿dónde está la trampa? La posibilidad del amor así como la satisfacción personal son dos quimeras de culminación inalcanzable dónde el tiempo siempre es nuestro peor enemigo, al final todo es pasajero y nos pasamos la vida intentando culminarla en algún instante, buscando parar como si pudiera llegar ese momento en que pudiéramos al fin descansar, momento que nunca llega ya bien fuera por puro aburrimiento. No es extraño pensar entonces que dos realidades nos atraviesan, una que busca la eternidad así como otra anhela siempre el movimiento ¿cómo encauzarlas? Ser o no ser, -decían- morir, dormir, quizás soñar, como si enfrentándonos al mar de espigas pudiéramos abarcarlas, como si no nos fuera la vida en ello, en tomar partido por esta dualidad y si fuera, si acaso pudiera ser, quebrarla así como alguna vez se consiguió burlar al destino.

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