sábado, 13 de junio de 2015

El silencio que encuentres aún,
entre las fisuras de mi cuarto,
la sombra que quizás perviva,
posiblemente te recuerde a mí,
más de lo que nunca te dije.

El polvo, que habré dejado sin limpiar,
por las esquinas, en las estanterías,
con mis libros, mis tótems y amuletos,
marchitos, quizás aún guarde mi tacto,
y con ello puedas recordar mi aspereza.

Del eco, que intentes oír, buscándome,
podrás imaginar mis días, cayendo,
más allá de donde me podías seguir,
y puede que por un instante, fugaz,
me sientas mirándote en la noche.

Pero yo ya no estaré allí, ni en ningún sitio,
y sólo te quedarán palabras cargadas,
más de lo que nadie podría soportar,
miradas de súplica y de odio, ausentes,
sin esperanza ni consuelo que admitir.

Tú confianza en mí, habrá sido la de un niño,
a quien tan poderosos le parecen sus padres,
tan fuertes, que nada impide abandonarlos,
hasta que, finalmente la locura o el dolor,
termina irremediablemente con la farsa.

miércoles, 10 de junio de 2015

“Sólo existe una verdadera tragedia, la cual contienen todas las otras tragedias –y son muy pocas- que afectan al ser humano: El crepúsculo. Tiene razón Heidegger: cuando el sol se pone ‘sólo quiere ponerse’. Su belleza incandescente procede precisamente de este empecinamiento inhumano: yo no puedo detener su curso, no puedo cambiar su voluntad por muy fijamente que lo mire. Su belleza es mi impotencia, una impotencia que no experimento con frustración –pues no puedo experimentarla- sino que se me anticipa como mi ser-ante-el-sol. Cuando el sol se pone sólo quiere ponerse –y no decorar mi despacho o mis abrazos-. Pero si contemplo el crepúsculo como una voluntad, sí, que me atañe, puedo decir asimismo: el sol se pone porque ‘quiere dejarme a oscuras’. Y entonces mi impotencia y su empecinamiento inhumano, que convierte al mar en una fragua viva y al monte en el tajo de un cuchillo, abre –de golpe- el mundo a la tragedia.
El mundo ‘vive trágicamente’ esas horas: los pájaros chillan, los perros se meten bajo la mesa, los hombres se ocultan y emborrachan. No puedo detener su curso, no puedo cambiar su voluntad: pero es que ahora esta ‘voluntad’ me compete de un modo tan completo como mi nacimiento. O como mi muerte. En ese instante en que todo está a punto de extinguirse, y es seguro que se extinguirá, mi ser se compromete con su ‘anterioridad’ –que es su negación y su posibilidad y que no le pertenece-; vibra entero; se expresa ‘antes’ de toda determinación discursiva… en lo absoluto… como si nada hubiese añadido a su nacimiento –y naciese pues ‘para nada’, para ser-se, para el ser- o como si nada hubiese precedido a su muerte y, en consecuencia, morir le fuese lo más propio –y no el hecho de haber hablado, sentido, pensado antes de morir-. Esta ‘propiedad’ por la que uno, en lugar de apropiarse de su carácter o sus figuras, deviene sencillamente propiedad –de un querer que me quiere dejar a oscuras sin que yo pueda hacer nada, ni siquiera apropiarse de su belleza, porque su belleza es precisamente mi impotencia (incluso para ‘emocionarme’ en ella)- esta ‘propiedad de lo absoluto’ es la tragedia…”

Santiago Alba Rico, Las reglas del caos.

viernes, 5 de junio de 2015

En la cúspide superior, donde ya no se puede cavar más profundo, hay un lago dónde gotean las almas de los muertos. Su orilla está compuesta por una arena blanca y muy fina, formada por el oleaje errático y desconsolado de sus aguas al pulir unos huesos contra otros. Rodeado, arraigándose en el contorno de éste crecen unas flores de un azul vibrante con ribetes amarillos, parecidas al loto, pero de hojas sedosas y pequeñas a las que le bastan los destellos de luz blanca y violeta que emana el musgo luminiscente que rodea la escena. Sus aguas son claras, pero en su base se difumina una oscuridad siniestra, un remolino lento que no se perturba por las influencias de la corriente y que poco a poco va acercando los fragmentos de memoria que guardaron los difuntos consigo, devorándolos, disolviendo los minerales de la voluntad y las temerosas frecuencias de la consciencia. Todo queda fundido en la espiral que se adentra silenciosa aún más profundo, hasta la base de granito blanco que conforma celda de un dios antiguo, más viejo que la primera de las razas mortales y que sin embargo aún vive, necrófago, carroñero, condenado a consolar los tormentos de los muertos con su hambre infinita.