martes, 25 de noviembre de 2014

El reguero de escamas dulces que manaba desde la cúspide superior paró ante el vahído,
ante el espanto que tanto nos ha costado advertir por hacerla un poco más alta,
tan solo un poco,
al intentarnos conformar con llamar ingenuidad a nuestros más funestos miedos,
a nuestras pasiones sanguinolentas en cambio, acusarlas de seriedad,
y así, entre los espumarajos que dejan los dioses murientes,
serenamos el clamor del viento con que terminamos quemando la tierra,
ahogamos el cielo,
terminamos con las bendiciones febriles de la impotencia.