lunes, 13 de enero de 2014

Si bien es cierto que nuestra falta de virtud nos hace banales también es cierto que en esta banalidad aflora cierta naturaleza que si se la escucha atentamente es un tesoro que se ha mantenido en nosotros a fuerza de fracasos. Aquellos que no fueron capaces de lograr, de adaptarse o asimilar todo aquello en les enseñaron a atenerse, a amoldarse y configurar las ideas del bien, del mal, son aquellos en los que ha quedado salvaguardado cierto espíritu latente de bondad. Y es que, hay un amor sagrado en aquellos que demasiado pequeños como para asumir los grandes esfuerzos de la gloria necesitan muy poquitas cosas para mostrar su comprensión, su cariño y aprecio. Aquellos que de tan evidente no se ocupan de ocultar su fragilidad y que tienen el don de poder mostrarse más sinceros y transparentes que todos aquellos demasiado ocupados en demostrar y justificar constantemente su valía. Es en ellos donde, a pesar de pensarse un fracaso, la humanidad logra sus mayor triunfo al salvarse de sus propias ilusiones, sus fantasmas de vanidad y puede verse desnuda en toda su mortalidad y ternura. Pues quién así vive no teme dar y mostrar amor y cariño, al comprender que todos vivimos librando siempre una cruenta batalla y que por esto y el peso de los días la amabilidad es una cuestión de piedad.

jueves, 9 de enero de 2014

Porque nos caemos, porque somos débiles y porque somos frágiles cual hoja en otoño, porque no nos podemos soportar, porque enfermamos y nos rendimos, porque una y otra vez fracasamos y a los mínimos golpes ya no podemos resistir, porque el dolor nos ciega y nos trae la locura y la desesperación, porque se nos van de las manos las fuerzas y nuestros intentos, porque todas las ilusiones son de arena, porque no somos de fiar ni podemos prometer nada, porque nos desquiciamos, porque dependemos y necesitamos de los demás, por esto y por la vulgaridad que nos comparte es que no podemos más que cuidarnos unos a otros, regalarnos a los demás con la esperanza de que estos nos cuiden, pues, en realidad, nada humano nos es ajeno entre ninguno de nosotros, participes somos de la mayor virtud, de la posibilidad del amor más puro, en la misma medida que lo somos de los crímenes más violentos, del egoísmo y la barbarie más cruel, y es en la conciencia de esto como podemos conocernos a través de los demás, como en un espejo que nos refleja, que nos hace iguales en la consciencia de nuestra posibilidad general del ser “como” el otro, de “ocupar el lugar” del otro, y así, a su vez, de “ponernos en el lugar del otro”, de cualquier otro.

domingo, 5 de enero de 2014

Una fuerza irresistible, una necesidad que a la vez mueve nuestros más bellos deseos, una promesa que se nos hace al nacer y que sin embargo vemos frustrada por todas partes, convivimos con su dolor y el flagelo de su ruptura nos conforma en mayor fraternidad que cualquier otra oda en este mundo; el amor, un imposible. Lo vemos constantemente, lo sabemos y por más que golpes nos de la vida hay algo que nos lo sigue haciendo irrenunciable (allá donde todavía hay mundo), lo buscamos, lo sufrimos y lo volvemos a buscar en un devenir infinito que marca la mayor alegría, la mayor desgracia, que es la base en mucho de nuestros actos, nuestra perdición y nuestros logros más bellos. Fracasamos, y sin embargo seguimos y seguimos insistiendo, si no es aquí, será allá. Caminando por una vida llena de frustraciones y desencantos muchos llegan a renunciar, a denunciarlo, a intentar explicarlo como algo banal, como un engaño, un trampa quizás de la ley natural. Algunos pretenden pensarse mejor que eso y construyen su propia virtud, otros sencillamente llegan a la conclusión que no hay querer mejor que uno mismo, todos buscan una salida, un atajo una forma de escapar de tal necesidad pero al final uno mismo de bien poco es suficiente, la vida pierde su sentido, los días se vuelven mustios y sólo una gran locura, una gran enfermedad mental, es capaz de ocultarles su desgracia, haciéndonos desgraciados a los demás.

viernes, 3 de enero de 2014

De aquí al cosmos hay un error,
estrellado,
el reflejo de unas olas contra otras,
la dislexia de Caribdis,
el soplo,
en el corazón del marinero.

De aquí, mana la tierra hacía el cielo,
caen desmembrados,
nuestros ídolos, su miedo,
porque, en la vida,
no cabemos los dos.

Los que fue,
una gota,
los que fue,
un rasguño,
los que fue,
un aullido,
el lago, bajo el centro comercial,
no cala, nosotros si,
por la cal
de la fosa.

Y aquí, quedamos,
no es la derrota,
no es, por la prisión,
un error pensar, por el vidrio
que rompe el vidrio, del cuerpo,
templado.

Quedamos,
porque hay algo irreductible
en cada cuerpo,
bajo el sueño.

jueves, 2 de enero de 2014

There is no greater love

La infinidad de los días,
el terreno agreste de este mundo,
sus atalayas, el poder que han construido
las bestias, la enfermedad de la mente,
¿Qué son? Más que un refugio
la promesa de una felicidad que no
nunca ha sido lograda por estos medios.

He visto a quien buscaba la belleza,
recorrer fronteras, atravesar su identidad,
vivir la humanidad en su mayor pobreza,
su lado más irreductible.
He visto también, a quien era de sí
mayor creación posible, quien no buscaba,
sino que de todo su tiempo solo una parte,
pequeña parte, podía ser invertida en sobrevivir,
más allá de tal destino.
Y he visto a los muchos, incapaces,
de soportar la gravedad de esta tierra,
corriendo siempre detrás del tiempo
pasando por sus vidas, soportando,
por una suerte que nunca eligieron al nacer.

Los he contemplado, y eran muchos y distintos,
pero no ajenos a mí, los que fueron, los que fui,
en todos aquellos me he repartido y he conocido
hasta donde me permitía el límite de este tiempo
la amplitud de las formas de vivir, de aquí, y allá,
he sido uno en cada lugar enfrentado, un igual.

He sido un espectro, un espejo que reflejaba
las miradas que se cruzasen en mí, su persona,
han sido el alimento para mi espíritu insaciable,
informe, adaptable, simbionte de cualquiera,
y así habría seguido por siempre, sin ningún criterio
siguiendo mi suerte, aprovechando cualquier cosa
que pudiese encontrar, que se cruzara entre los hilos
de mis palabras, mis miradas, mis sueños.

Pero fue el goteo permanente, de un amor incansable,
quien con cada beso y cada anhelo fue alimentando,
una flor en mi, de enredadera, de raíces condensadas.
Tardé apenas un instante en amar aquellas manos,
pero demasiados años en darme cuenta que las amaba,
más que a mí mismo, más que a todo lo que había hecho,
y a lo que renunciaría, por no haberlo compartido con ella.

Me dio el cuerpo y el sentido del que siempre había carecido,
y es por ello que ahora, en el cisma de su pérdida, entre espantos,
reencontrar un punto en que asentar mi alegría resulta imposible,
pues nunca antes había tenido algo así, no más allá de mi mismo,
de quién renuncié el día que viví el Absoluto, la perdida de la mente,
y la fundición de mi carne en la eternidad del completo Orgasmo,
de la más pura pasión, del fuego salvaje, el roce infernal, del amor loco.

miércoles, 1 de enero de 2014

Soy, de lo que soy
apenas un engaño
que por un rencor
y una complacencia
absurda, atorada
negó su gran deseo
de amar
a quien tanto le quería
a quien más daño
había hecho.

Soy, de lo que queda
un áspero lamento
que con toda voluntad
no puede nada, cae
intentado recuperar
lo que durante años
quise librar de mí,
por sentirme atado
preso, dependiente
sin aceptar siquiera
que pudiera ser
yo parte de alguien
más allá de mí
y mi rabioso orgullo.

Soy, de lo que me espera
un pesar demasiado largo
por lo que me fuera
irrenunciable
y ahora veo destrozado,
por lo que, jamás pensé
que perdería
a la vez que sé, que así,
por quien yo mismo fui
en su día
habría de ser
como los otros,
comprendiendo al final
el terrible dolor
de mis enemigos
y la condena en la que
yo los sometiera.
Camino por un sueño que era mío,
viendo como se desvanece, alzado,
floreciendo allí donde tanto tiempo,
había sido esperado, soportado,
más allá de esta voluntad traicionera,
de esta ebullición mediocre,
incapaz de prometer nada.

Las palabras que deslizábamos,
entre nuestros cuerpos ardientes,
caen sobre mí desmoronadas,
marchitas como papel de ceniza,
y mis intentos por rescatarlas,
son un esfuerzo tardío, tembloroso,
que solo las quiebra aún más,
por la opresión cegadora de la ansiedad.

Y siento,
como si la mitad de mi cuerpo,
se hubiera quedado atrás,
clavada, rasgada y destrozada,
entre tanta ruina y tanto ruido,
atravesada por este orgullo nervioso,
que tan solo habría logrado tener paz
el día en que me viese,
completamente,
destruido.